Caída del Populismo en América Latina y su aparición en el mundo desarrollado

Escrito por: Julio E. Diaz Sosa, Licenciado en Economía y Finanzas en el Rochester Institute of Technology con un Master en Economía Aplicada en la Johns Hopkins University

 Lo sucedido en el año 2015 en América Latina es una muestra de que el pueblo latinoamericano está cansado de los políticos tradicionales y su agotado modelo de gestión pública. A raíz de la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989, este acontecimiento abrió paso a los partidos de derecha en Europa del Este y en países de nuestro hemisferio donde la izquierda política gobernada. La década de los 90 inició una con una barrida en el mapa político en la región latinoamericana de todo lo que oliera a comunismo o socialismo. Las políticas de libre mercado y de privatizaciones fue el norte de estos representantes del espectro político derechista en la región y el mundo; se olvidaron de la implementación de políticas sociales que de cierta forma brindan la cohesión social que se necesita para poder experimentar un desarrollo económico sostenido con equidad.
Cuando el nuevo orden económico encarnado por el neoliberalismo tuvo su primera crisis de envergadura a principios de la década del 2000, fruto de la explosión de la burbuja en el sector tecnológico y la caída de los precios de las materias primas, fulminó con todo gobierno que enarbolara la bandera del neoliberalismo como eje de acción de políticas públicas. Esa ola de descontento inició con la elección de Hugo Rafael Chávez Frías en diciembre de 1998, donde con un discurso de inclusión social empezó a utilizar el populismo macroeconómico como arma de lucha por la reivindicación social, y esa ola expansiva se propagó por toda la región; ola que se vio alimentada por los altos de precios de las materias primas que experimentaron en la primera mitad de la primera década del siglo XXI. Ese ciclo económico favorable condujo a esos líderes populistas a invertir en programas sociales paternalistas, para darle a las masas un poco de las migajas que los políticos tradicionales les negaron por décadas; todo en detrimento de la estabilidad macroeconómica. Si bien es cierto que las clases más desposeídas no comen con los números fríos que arrojan las estadísticas macroeconómicas, pero estas sirven de plataforma para generar inversiones y riquezas que son necesarias para realizar las transformaciones sociales que necesita la región para reducir los altos niveles de desigualdad imperantes.

Con la caída de los precios de las materias primas en los mercados internacionales, esos países que adoptaron políticas públicas populistas están pagando un precio muy alto por el despilfarro en el manejo de sus finanzas públicas que han conducido a sus economías a la bancarrota, como es el caso de Venezuela donde esa ola de descontento generada por la crisis económica llevará nuevamente a ostentar el poder político, a los políticos tradicionales pro-mercado que si sabían mantener cierto grado de estabilidad macroeconómica, aunque fuera disfrazadas y con agudas fallas sistémicas que también provocaron graves crisis económicas.

Argentina fue un vivo ejemplo de la adopción de políticas neoliberales durante los mandatos presidenciales de Carlos Menem, las cuales estallaron durante la presidencia de Fernando de la Rúa, que llevaron al poder al ala más izquierdista del Partido Justicialista que encabezada el líder populista Néstor Kirchner y luego a su esposa Cristina Fernández de Kirchner, ambos enarbolaron la bandera anti-mercado e iniciaron la aplicación de una serie de medidas de corte proteccionista que han sumido a la Argentina en una profunda crisis económica. La crisis económica provocada por la caída de los precios de las materias primas como mencionamos anteriormente, ha llevado al país a volcarse nuevamente a la derecha con la elección del centro-derechista Mauricio Macri en octubre de 2015, ese mandato del pueblo argentino es buscando la anhelada estabilidad macroeconómica que puede de cierta forma ayudar al país a salir de la bancarrota financiera en que se encuentra en estos momentos.

Otro fenómeno interesante que está sucediendo en América Latina es que a raíz de la inclusión social ocurrida en la época de las vacas gordas, la clase media creció de forma vertiginosa, y como consecuencia demandarán otras cosas, que no son las típicas necesidades básicas. Hoy esos sectores de clase media demandan transparencia en el manejo de los recursos públicos y en las instituciones del Estado que están llamadas a salvaguardar la democracia y el Estado de derecho. Ambos espectros políticos (la izquierda y la derecha) han auspiciado desde el Estado la corrupción a niveles nunca antes imaginados; lo que ha provocado una ola de descontento con los partidos tradicionales de ambos espectros. En agosto vimos como el descontento en Brasil por la alta corrupción pública sacó del poder a la presidenta Dilma Rousseff. En el caso de Guatemala, los partidos tradicionales contaban con un gran respaldo de la población, y un comediante de televisión sin experiencia política ganó las elecciones, todo porque la población está cansada de la poca transparencia de sus políticos tradicionales y un rosario de demandas insatisfechas acumuladas por décadas insta a los pueblos a buscar soluciones alternativas, ese es el caso de Jimmy Morales en Guatemala y de otros a lo largo y ancho del continente.

En América Latina el populismo de izquierda se está extinguiendo, pero lo mismo no está ocurriendo en el mundo desarrollado, donde el populismo xenófobo y de extrema derecha ha iniciado una cruzada contra los cimientos del orden político establecido y la globalización. Ejemplificaciones de este fenómeno lo hemos visto en el Reino Unido con el Brexit, en los Estados Unidos con el triunfo de Donald Trump y recientemente la derrota en el referéndum constitucional del primer ministro Matteo Renzi y una posible victoria de los nacionalistas de extrema derecha en Francia y Alemania el próximo año. El éxito político de estos movimientos se debe básicamente al descontento de las clases trabajadoras que no han experimentado las bondades económicas de la globalización. Los trabajadores del mundo desarrollado durante la época de post-guerra, la cual es conocida como el Capital Labor Accord (1945-1970), donde los obreros de la industria manufacturera o los “blue-collar workers” como se conocen en inglés, podían pasar de la pobreza a la clase media, con salarios que le permitían proveer una vida digna a sus familias, y le permitía la adquisición de bienes duraderos como viviendas y autos, así como financiar la educación de sus vástagos. Sin embargo, desde los años 70 el salario real de este segmento de la población se ha estancado, por lo que ha sido uno de los principales catalizadores del aumento de la desigualdad económica en el mundo desarrollado.

De acuerdo a un estudio realizado por los economistas Thomas Piketty, Emmanuel Sáez y Gabriel Zucman, indica que más de la mitad de los estadounidenses no han recibido los beneficios de la globalización en términos salariales, ya que está estancado en alrededor de 16,200 dólares  por año, antes de impuestos y transferencias condicionadas. Creo que la principal causa de este fenómeno se debe a la automatización en la producción de bienes y servicios, lo que ha provocado el desempleo tecnológico como lo denominó Keynes, y por ende la reducción del salario real. Según un estudio realizado por la Universidad de Virginia, desde el año 1979 cuando el empleo de la manufactura en los Estados Unidos alcanzó su nivel más alto se han perdido más de 20 millones de empleos en el sector, y de acuerdo a ese mismo estudio la principal causa de las pérdidas de esos empleos ha sido fruto de la automatización en el 88% de los casos, y solo el comercio internacional representó un 12%.  Por otra parte, el Foro Económico Mundial en un estudio presentado en julio de este año señala que entre 2015 y 2020 la economía mundial perderá 5 millones de empleos debido a la automatización y que los avances tecnológicos y en Inteligencia Artificial crearan 2.1 millones de empleos, lo que equivale a una pérdida neta de empleos de 2.9 millones.

Debido a este escenario económico plagado de incertidumbre, los líderes populistas de la extrema derecha populista como Donald Trump ha pescado en rio revuelto, prometiendo las bondades que esas clases trabajadoras ostentaban antes de la globalización y de paso han buscado chivos expiatorios tales como el comercio internacional y la inmigración ilegal, azuzando a la población de que esas son las principales causas de sus males, y que para que ellos vuelvan a su era de esplendor, es necesario volver al proteccionismo a ultranza que agravó las economías durante la Gran Depresión y el nacionalismo xenófobo que desembocó en la Segunda Guerra Mundial. Esos triunfos políticos de la extrema derecha nacionalista en Europa y los Estados Unidos también tienen su génesis en la desconexión política-ideológica del liberalismo político.

En la actualidad las élites de los partidos liberales están ocupadas por académicos y profesionales de universidades elitistas que están borracho de arrogancia intelectual, lo que los ha llevado a perder la sintonía con su base política original que son los sectores trabajadores, y han enfilado la agenda hacia temas que no tienen un peso determinante en el contexto económico actual como son: la igualdad de género y la defensa de los derechos de los homosexuales. Para la clase trabajadora los temas que le importan son trabajos de calidad y un salario digno. Esa ansiedad económica los ha llevado a coquetear con una ideología política muy peligrosa que podría desencadenar una crisis sistémica sin precedentes.

Mi conclusión: La mejor forma de derrotar al populismo, no importa su espectro ideológico, es logrando un consenso político-económico de todos los sectores de este nuevo orden económico multi-polar, que ayuden a aplicar políticas públicas y económicas para mejorar la calidad de vida de aquellos que la globalización ha dejado detrás; con la implementación de programas de capacitación subsidiados por el Estado e incentivar la creación de empleos de calidad, de lo contrario estamos ante el fin de la democracia representativa y del sistema capitalista como lo hemos conocido a lo largo de los últimos 200 años.